La corrupción política un riesgo para la democracia.

Chile está viviendo una crisis de moralidad importante, cada vez es más común perseguir intereses privados utilizando cualquier medio.

Santiago, 28 de julio de 2017

Jorge

Jorge Astudillo

Hace unas semanas nos enteramos con estupor del asesinato de Javier Valdez, periodista mexicano acribillado a sangre fría por los sicarios del narcotráfico que domina con su terror cada rincón de Sinaloa. También hemos sido testigos de la complicada situación por la que pasa Michel Temer, Presidente “democrático” de Brasil, producto de la filtración de un audio donde aparece recomendando a otro personaje, Joesley Batista (poderoso empresario de la industria de la carne), mantener un pago de sobornos para comprar el silencio del ex presidente de la Cámara de Diputados Eduardo Cunha. Del mismo modo hace unos pocos días nos hemos enterado de la condena al ex Presidente de Brasil Lula da Silva.
Y sin cruzar las fronteras, en nuestro país, hemos observado situaciones particularmente graves como son el financiamiento irregular de campañas políticas, sobresueldos injustificados, pensiones millonarias, contratos soñados para empresas cuyos accionistas mayoritarios son parientes de miembros del Directorio que autoriza el negocio, las irregularidades constatadas en el seno del Ejército y Carabineros, etc.
Detrás de todos los casos que hemos aludido en el párrafo anterior hay un mismo derrotero: la corrupción política, la corrupción de los gobernantes, fenómeno pernicioso que si no logra ser detenido terminará dando un tiro de gracia a la democracia y con ello a la misma dignidad humana.
La democracia es la mejor forma de Gobierno, entre otras razones, porque es la más compatible con la libertad y la igualdad humana. Dado lo anterior, la democracia es algo deseable y a pesar de sus promesas incumplidas (dice Norberto Bobbio), sigue siendo preferible una democracia con problemas a cualquier dictadura. Por eso debe ser protegida. Solo en el contexto de una democracia la noción de Estado de Derecho y sus principios constitutivos pueden limitar el poder, nunca en una autocracia.
Así las cosas, la corrupción, especialmente la corrupción política, la corrupción de los gobernantes, no solo afecta al sistema político, sino que también a la propia igualdad y libertad humana, dando así un golpe de muerte a la democracia, deslegitimándola y, permitiendo con ello, la aparición de intentos demagógicos y autocráticos de controlar el poder. Con la corrupción la democracia queda totalmente desvirtuada, y comienza a perder su razón de ser, ya que la ciudadanía comienza a perder confianza en ella y dejar de apreciar sus beneficios.
Por lo tanto, la corrupción política hace perder significación al principio de igualdad ante la ley, generándose una profunda desconfianza en las autoridades, las instituciones y en la misma democracia.
En este orden de cosas, la corrupción afecta la esencia misma de la democracia. En efecto, en primer lugar, cuando la corrupción está presente en las decisiones de los gobernantes, éstos no están cumpliendo «su parte del contrato», pues sus actos se deben encontrar dirigidos a satisfacer intereses particulares y no los de los ciudadanos a los que deben su mandato. Como se comprenderá, si esto es así, la democracia representativa pasa a ser nada más que una mera ilusión, y todo aquello por lo mucha gente ha dado incluso su vida, habrá sido en vano.
Esta situación también provoca otro daño importante para la subsistencia de la democracia: produce apatía e indiferencia. La corrupción política contamina las decisiones estatales, y con ello se va generando en la ciudadanía la idea, o lo que es peor la convicción de que no «vale la pena» interesarse e involucrarse en la cosa pública porque siempre serán escuchados los mismos, aquellos que pueden influir en las decisiones públicas. Esta apatía/indiferencia trae consigo que los ciudadanos y ciudadanas se replieguen, transformándose en actores pasivos y renunciando con ello a jugar su papel fundamental en el control del ejercicio del poder. Estamos seguros que no nos equivocamos al afirmar que una ciudadanía pasiva, apática e indiferente es el mejor escenario para el político corrupto.
Chile está viviendo una crisis de moralidad importante, cada vez es más común perseguir intereses privados utilizando cualquier medio. Esta crisis de moralidad no será solucionada por la clase política, no tiene interés en ello, al contrario, mantener el status quo del sistema pareciera ser su mejor escenario. Esta crisis de moralidad solo podrá ser enfrentada por una ciudadanía que sea capaz de pasar factura a una clase y dirigencia política que desde hace mucho rato no está a la altura de una verdadera democracia. Pronto tendremos nuevas elecciones y con ellas el momento para comenzar a decirle a los corruptos que ya no confiamos más en ellos. (Santiago, 28 julio 2017)

 

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