Censo 2017: radiografía de un cambio.

Un nuevo Censo supone un doble desafío que pone a prueba la solidez de las instituciones del Estado (INE en el caso chileno), pero además permitirá acceder al dato duro de las cifras, que nos hablan del reflejo de una nueva estructura social.

Santiago, 17 de abril de 2017

Carmen Luz

Carmen Luz Parra

Probablemente la mejor imagen de un Censo es la idea de una fotografía, en lo posible instantánea, donde aparezcan retratados todos  los que en ese momento se encuentran con o sin ánimo de permanencia en un Estado determinado.
Si bien existen innumerables registros de Censos, desde la época de los romanos, sigue siendo una herramienta, que de tanto en tanto despierta suspicacias en torno a la validez de sus metodologías y a la certeza o exactitud de sus datos contenidos en estadísticas.
Aunque hay un consenso más o menos generalizado  acerca de que la frecuencia debiera ser cada 10 años ( y en muchos países se ha adoptado incluso la costumbre de hacerlo en los años que terminan en cero)  en Chile esta vez nos preparamos para un nuevo censo (abreviado) a sólo 5 años de haber realizado otro, cuya validez fue duramente cuestionada y que los informes de las voces más autorizadas terminaron por restarle mérito, amén del  bochornoso gasto público, del que una vez más y como ocurre con cierta frecuencia en nuestro país, nadie parece hacerse cargo.
Los expertos hicieron recomendaciones que parecen razonables, como hacerlo en día feriado y aprovechar el uso de las nuevas tecnologías de la información y el uso de registros administrativos, v/s la clásica e incómoda visita del encuestador vivienda por vivienda, las que claramente debieran  ser incorporadas en la preparación del censo del  2022.
Sin duda, la información y las estadísticas que son capaces de ser reveladas por un Censo, constituyen una herramienta de enorme valor para el adecuado diseño de la política pública.
Así, el número de electores y las consecuencias de su aumento en la configuración político-administrativa del país constituyen un claro ejemplo. Por una parte, en un período concentrado de elecciones conocer con certeza el perfil de quienes integran el padrón electoral debiera provocar cambios profundos en la organización de los partidos políticos y en el contenido programático que defenderán los postulantes a la Presidencia del país o a escaños parlamentarios. Y por otra, la fisonomía que adopten las circunscripciones o distritos electorales, puede generar desde nuevas zonas electorales hasta el triunfo de candidatos impensados.
Un nuevo Censo supone un doble desafío que pone a prueba la solidez de las instituciones del Estado  (INE en el caso chileno),  pero además permitirá acceder  al dato duro de las cifras,  que nos hablan del reflejo de una nueva estructura social: nuevos modelos de familia, el aumento de viviendas de tipo unipersonal (tipo studio) en determinadas comunas, disminución notable de la tasa de niños por hogar, y una elevada tasa de migrantes, que probablemente irá en aumento, y que son reflejos del cambio social.
Fenómenos como la llamada “conurbación” que ha terminado por difuminar los bordes que antes eran clarísimos entre una ciudad y otra:  caso de Valparaíso y Viña, Puerto Varas y Puerto Montt, (por citar algunas), o cambios político-administrativos, nos hablan de la necesidad de conocer estos datos para poder hacer  frente a estos nuevos modelos de ciudad, donde la generación de una política de crecimiento y planificación del territorio, sólo será posible accediendo a la información que un Censo (hecho en condiciones) es capaz de revelar (Santiago, 17 abril 2017)

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